Cabros: si hablamos de telefonía celular, estamos en el paraíso. En Chile. Sí, en Chile. No, no estoy alucinando con los carretes gringos de las últimas semanas, ni tampoco el constante hueveo al que me tiene sometido el tiempo en el distrito de columbia, con sus llueve-el sol te quema-hace más frío que la cresta-la cosa está primaveral, me ha afectado las neuronas. Es que acá, a pesar de las grandes diferencias tecnológicas a su favor, las telefónicas son despiadadas para con quienes, como un servidor, no pueden contratar un plan decente.
Si en el calcetín de tierra tenemos ataques surtidos cuando las montañas, los edificios o cualquier otra cosa impide que la señal viaje, imagínense lo que pasa acá, cuando la superficie es muchísimo mayor, y hay muchas zonas (sobre todo el midwest) donde no hay más que desierto, montañas y nada, nada que hacer. Entonces, una de las estrategias más utilizadas por las compañías de teléfonos móviles acá, algo que ya les comenté, es comparar su cobertura con la de otra compañía. Así, la posibilidad de hablar con tu prima en Hawaii, o que puedas usar tu teléfono 3G en Maine, pasa a ser factor en la decisión de cada consumidor.
Por lo mismo, el foco de estos tipejos son los que pueden contratar planes. Y si tienes plan, lo tienes todo: no sólo libertad para hablar, sino también para textear (como dato, un adolescente gringo promedio manda más de dos mil sms al mes), revisar tu mail donde sea que estés, acceder a twitter, a actualizaciones de servicios (horarios de metro y bus, comida, entre muchas otras cosas), y todo aquello que pueda ser enviado a un celular para que lo leas rápido. Además, obvio, con un plan te llevas un buen equipo. Y como el mercado da el ancho, te llevas teléfonos inteligentes (Blackberries, Nokias, iPhones y esas cosas) a precios bastante convenientes. Con lo que estás, literalmente, conectado con el mundo todo el santo día.
De hecho, por lo mismo la mayor cantidad de denuncias de robos, al menos en la Universidad y sus alrededores, es por culpa de los celularuchos. ¿Que por qué? Porque los muy pasteles no pueden hacer nada (nada, de verdad nada… imaginen lo que quieran, porque de más que le achuntan ;-]) si no están con el teléfono en las manos. No es escuchar música, no: caminan en twitter o en facebook, esperar la micro mandando un mail, salen a trotar viendo una película o una serie. A la hora que sea. Sobre todo de noche, organizando el carrete. Y, bueh, la ocasión hace al ladrón, dicen por ahí. Y les quitan, prácticamente, la vida: no pueden saber ni hacer nada sin el móvil en las manos. Hasta el otro día, cuando se compran uno nuevo. Y mejor.
¿Y qué pasa con los prepagos, entonces? Que son caros. El chip son diez dólares, no es tanto, pero mantenerlos activos sale un ojo de la cara. Y he ahí el quid del asunto: para recibir una llamadita de diez segundos, o un mísero mensaje de texto, tienes que mantener plata en tu cuenta. Sin el mínimo para recibir, porque pagas por comunicación recibida, estás en una isla. Perdido. Fuera del mundo. Por lo mismo, nuestro “quien llama paga” suena a gloria para la gente de intercambio acá: ya nos hemos gastado una buena cantidad de dólares, y con al menos dos semanas más por delante hasta que acaben las clases, y luego las fiestas de despedida, el consumo de minutos se presume alto para mayo. Lo bueno es que, a pesar de que parece que cada minuto lo pagas en platino, te permite acceder a lo que necesites, y organizar lo que quieras. Como, por ejemplo, salir a dar vueltas por este país.
