Desde chiquitito, nuestro héroe de esta semana, Esteban, quiso comunicar. Creando programas ficticios en su casa, editando pasquines junto a sus compañeros, o estudiando temas que a pocos le interesaban, pero que en algún minuto le granjearían grandes beneficios. Así, era inevitable que de una u otra manera llegara a la carrera de Periodismo (con mayúscula, porque es profesión la cosa), teniendo en cuenta su recorrido por el reporteo amateur.
Y claro que llegó, como era de esperar de un chico movido por profundos intereses sociales. Al punto que en su nuevo lugar de estudio desempolvó viejas costumbres, como la de aquel pasquín. Pasquín que, por cierto, encontró nuevos adherentes entre sus propios compañeros, al punto que creció y creció, hasta volverse un referente entre sus compañeros y, cosa sorprendente, entre sus profesores.
Pero algo le paso a nuestro héroe en el camino. Como que se volvió loco, o tonto, sepa Dios. Y comenzó a pecar, a caer en las conductas que tanto condena públicamente, pero sin que muchos lo supieran. Se convirtió al doble estándar, esa religión que tantos feligreses tiene en nuestro país, y que tantos réditos inmediatos suele traer, pero sin pensar en las consecuencias. De la nada, aquel ser socialista y comunitario era, en la intimidad, entre su gente, un burgués déspota y dictatorial.
Cuento corto: todo lo que se proponía se fue a pique, partiendo por su pasquín universitario. Los amigos… no es que le dieran vuelta la espalda, pero casi. Porque es re complicado, créanme, aceptar que de la boca pa’fuera alguien diga algo, y por dentro piense otra cosa, totalmente distinta. Y la pega… la pega todavía es cuento para él.
Esta historia, en cierta medida, se repite cada día, a cada segundo, en cada uno. Por eso quise compartirla con ustedes hoy: porque me parece importante y necesario que no olvidemos de dónde venimos ni lo que buscamos. Ni menos lo que es, en verdad, lo bueno, lo justo y lo necesario. Cada día.
