MALMENORISMO

MALMENORISMO

Los candidatos han pasado por otra prueba esta semana: la temida encuesta CEP, la que se supone es muy seria. Así y todo, la panorámica no cambió demasiado. Sigue estando a la cabeza Sebastián Piñera, que pasaría a segunda vuelta con el 31 por ciento de la intención de votos, secundado por Eduardo Frei, con el 23 por ciento. En tercer lugar está Marco Enríquez Ominami, con 13 por ciento, y cierran la lista los candidatos Adolfo Zaldívar, Jorge Arrate y Alejandro Navarro, con el uno por ciento de la intención de votos cada uno.

Es importante notar las cifras de rechazo a los candidatos. Si bien los miembros de la izquierda extraparlamentaria tienen números más negativos que el presidenciable de la derecha, ninguna deja de ser considerable. Un 79 por ciento de la gente dice que no votaría por Adolfo Zaldívar, y un 77 por ciento rechaza a Navarro y a Arrate. Un 44 por ciento no votaría en ninguna circunstancia por Sebastián Piñera, un 53 por ciento no lo haría por MEO y un 49 por ciento no quiere a Frei.

En estos momentos, a días de que las candidaturas estén inscritas en el SERVEL (el 13 de septiembre se acaba el plazo), los candidatos tienen dos cifras claras: cuantos votarían por ellos y cuantos no lo harían por ningún motivo. En el caso de cualquier candidato, la cifra de rechazo es mayor que la de aceptación, lo que nos dice que no existe un candidato favorito que se lleve los votos de otros, como se ha planteado.

Lo que existe realmente es una ciudadanía que anda en la búsqueda del mal menor. Parece ser que la gente está convencida de que ningún candidato es completamente bueno, que ninguno es claro al momento de explicar los planes de gobierno y que ninguno cumplirá todo lo que prometió. Sea esto cierto, o sea un invento mediático.

Es el malmenorismo que se ha instalado en nuestra política de chaqueteos y encuestas. Al momento de elegir (y sólo al momento de elegir, ya que a la hora de proponer los criterios cambian), la gente busca naturalmente lo que le haga más bien, o lo que le haga menos mal. Si tenemos cifras de rechazo de este calibre, significa que las personas están ocupando la teoría del descarte (no es de René Descartes, no se confunda) para sacar a su candidato: primero deciden por quién no votarían por ningún motivo, luego deciden entre los que quedaron, y si estos tampoco les gustan, anulan.

Esta podría ser otra forma de ver las elecciones, ya que los candidatos se concentran en atrapar al voto indeciso, que va entre el 9 y el 17 por ciento dependiendo del candidato, y se olvidan de seducir a estos “enemigos electorales” o votos de rechazo, siendo que estos últimos representan entre el 44 y el 79 por ciento de los votos.

El problema es que hacer para cambiar la opinión de la gente se requiere de propuestas reales, que por lo general, no les convienen a todos los dioses del Olimpo económico y político. Tampoco se trata de ir transando y pactando a medida que se avanza, porque eso no funciona en este país. Además ya tenemos el binominal para eso. Se trata de dar propuestas nacionales, que se impongan en la agenda mediática y que generen una unión nacional real, que provoquen aceptación más que rechazo.

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