Nuestros queridos mechones nos cuentan cómo vivieron sus primeros días en la U, y su paso por el mechoneo. Nada hace presagiar que lo hayan pasado mal…
EL AGUJA, edición Nº4
16 de Marzo de 2009
En la tele de Cata
¿Milagros?
Mi primera semana en el ICEI está marcada por una extraña serie de ¿Milagros…?
Paso a explicar: Número uno, el sábado pasado, a esta misma hora, ni siquiera sabía como llegar a la U desde mi casa. Así de mal. Todavía no sé bien como encontré la micro que me llevó la mañana del lunes, pero sí sé que no fue precisamente gracias a la página del Transantiago… De todas formas eso podría haber sido sólo suerte, o una inexplorada faceta de orientación, así que no pesqué.
Número dos, después de la fantástica bienvenida oficial, donde los astros descendieron de las alturas para alumbrar a los pobres mortales. Los queridos compañeros no encontraron nada mejor que saludarnos muy tiernamente, golpeando la puerta y gritando el típico “¡¡Van a morir!!”. Y una, adentro, muerta de miedo, por no saber qué mierda te pueden hacer. Con las voces de todos los que alguna vez te dijeron “ten cuidado” resonando en la cabeza… y justo cuando, poco menos te imaginas que estos tipos van a entrar y te van a sacar de un brazo para tirarte cosas de quién sabe qué procedencia… cri cri… no pasa nada. Ya ahí, lo empecé a pensar “mucha suerte para un solo día, mañana moriré”; y de nuevo… cri cri… nada.
Al tercer día, cuando ya nos empezábamos a preguntar “¿…y hasta cuándo nos hacen esperar?”, el llamado “terrible” mechoneo, cayó sobre nuestra cabezas. Lo único que puedo decir de eso, es que ya mi suerte sobre pasaba todos sus limites, porque nada de lo que yo esperaba paso. Nada de chanchos, ni patas de animales, ni terminar saliendo a la calle mostrando lo que uno inteligentemente cubre con poleras largas y pantalones. Si hasta mantequilla de maní nos pusieron, más vip ya es ser PUC.
Lo único que le faltaba a la semana para terminar de coronarse era mínimo un pequeño festejo, y qué salió, buena música, buena compañía, y mucho alcohol.
¿Después de eso, qué quieren que piense?
Tal vez, aunque en realidad lo dudo, por eso, solo tal vez: ¡Dios existe compañeros!
Fin.
En la tele del Rey Lizama
Visión Real
El mechoneo es una de esas cosas que puede atormentar tu mente día y noche si no lo has vivido, pero una vez que fuiste sometido a este mítico ritual solo quedan buenos recuerdos, sobre todo si fuiste mechoneado por la gente de Periodismo de la U de Chile.
Todo empezó el lunes 9 de marzo, cuando llegábamos al lugar que nos acogerá durante 5 años (o más si es que tu deporte favorito es la elongación de gónadas). Empezaba a conocer a mis futuros compañeros, a pesar de que ya tenía cierta ventaja de conocer a algunos porque había prestado mi casa para una Junta Mechona. Así, todos cagaditos de miedo, nos preguntábamos ¿Cuándo será el mechoneo?. “¿Cortarán el pelo?” Consultábamos los preocupados por nuestras cultivadas chascas de verano. “Yo no voy a venir” decían los mas fomes.
Hubo una charla en el auditorio donde nos daban la bienvenida. Todo iba bien hasta que llegó la hora de salir. Se escuchaban los gritos de guerra de la gente de segundo cuan ejército de William Wallas, cosa que hacía que nuestros esfínteres dejaran de funcionar. De pronto se oye “¡Que salga Lizama!”, haciendo que mi rostro se desfigurara. Al salir me encuentro con los muchachos de segundo y unos amigables choripanes que esperaban ser devorados.
Como buenos futuros periodistas indagamos la fecha exacta del Día D. Sería el miércoles. Así todos preparamos nuestras peores pilchas para asistir al súper guay día del mechoneo. Empezó el día con una clase de Redacción que nadie pescaba porque se veía deambular a alumnos grandes por los pasillos del ICEI. Si hasta Gugo fue cómplice aplicándonos una prueba de actualidad donde el ministro de Transporte era cualquier pelagato, pero la “blonda novia de Edmundo” era Francoise. Misteriosamente la clase terminó antes de lo presupuestado y la sala fue invadida por personajes como Caneo y unas niñas con hermosos harapos hechos de bolsas de basura, entre otros. La hora había llegado. Junto con Dodds nos entregamos sin mayor resistencia, puesto que no había nada que temer ya que no éramos PUC o alguna cosa por el estilo. Al instante fuimos amarrados de nuestros churrines y llevados como un simple ganado a los pastos. Durante el trayecto recibí harina, pasta de dientes, pintura en la cara y otras cosas para nada terribles. Dimos un paseo por la Facultad donde teníamos que cantar pegajosas tonadas que hasta el mismísimo René de la Vega envidiaría. Finalmente aterrizamos en el Bunker, donde weón que pasaba decía “Lizama!” y me reventaba un huevo en la cabeza. De esta forma empezaron los juegos Yingo, donde tuve que perrear hasta mas no poder y fui elegido democráticamente como Rey Mechón junto a mi buenamoza compañera Paz.
Todo era buena onda, hasta que se acercó el momento de hacer las chauchas pa’ recuperar las pertenencias. La meta eran 10 lucas. Partí deseando encontrarme con Farkas y así recibir su bendición, pero no fue posible. Lo único que había eran viejas y escolares que al momento de soltar los morlacos se la sacaban olímpicamente con un “no si ya les di a otros niños”. Así después de varias horas de deambular por las calles de Ñuñoa con un calor de mil putas y las patas destrozadas nos devolvimos al ICEI. Allí nuestro monto piñufla fue rechazado y tuvimos que volver a la faena. Un semáforo sería nuestro destino y como buen limpia vidrios empezamos a asaltar a la gente en sus autos, hasta que el reloj de sol marcaba las 16 horas. Nos devolvimos al ICEI esta vez con toda la fe de que seríamos aceptados, pero nada era suficiente. En fin, después de un par de conversaciones con algunas niñas de segundo logramos el objetivo y nuestras queridas pertenencias volvieron.
Si hay algo terrible en el mechoneo es pedir plata, porque puta que cuesta conseguirla. Sin embargo es una experiencia única y muy entretenida, 100% recomendable, porque el resultado final es lo máximo.
Saludos súbditos.
En la tele de Nicky
Mi primera semana como mechona
Admito que no estaba tan nerviosa como creí en un comienzo. En parte se debe a que me junté con algunos de mis compañeros días antes de entrar a la U, así que el primer día no fue nada terrorífico. Incluso creí que no podría dormir pensando en cómo serían los demás, qué tanto miedo me darían los profesores e incluso cuan incómodas podrían resultar las sillas, pero no, dormí plácidamente hasta que la alarma de mi celular comenzó a sonar. Esa hermosa melodía que comienza a repetirse día tras día y que poco a poco empieza a ser odiosa e indeseada.

El cambio en cuando a locomoción y distancia, fue brusco. Pasé de un furgón escolar cómodo y calentito a una micro con personas malhumoradas o en su defecto, inexpresivas. No los culpo, definitivamente el Transantiago termina siendo aún peor que ver SQP en verano.
Lo mejor de los primeros días eran nuestras tenidas con ese toque “old school” tan rancio y vergonzoso que no podíamos evitar hasta que el anhelado día del mechoneo llegara. No era que amara la idea de ser bañada en un sinfín de exquisiteces podridas, pero prefería que fuera rápido y ojalá sin animales incluidos.
Debo agradecer a mis compañeros de 2do por ser tan delicados y pelolais al momento de planear nuestro mechoneo ¿Quién más puede decir que tuvo mantequilla de maní en su cabeza? Por supuesto ahora soy la envidia de mis amigas y claro está que nunca más miraré aquella delicia con los mismos ojos.
Pero definitivamente lo mejor de esta primera semana fueron las conversaciones en el pasto, las presentaciones en las que nadie sabía qué decir, nuestras caras atemorizadas durante el mechoneo y el ambiente grato que se respira incluso dentro del baño de mujeres. ¿Arrepentida de estar en la Chile estudiando una carrera “poco rentable” como decía el boletín mechón? Ni en lo más mínimo.
