NI EUROPA NI HAITÍ: ESTO ES CHILE, SEÑORES

NI EUROPA NI HAITÍ: ESTO ES CHILE, SEÑORES

De que los humanos nos damos cuenta de las cosas a la patada y al combo hay bastante de cierto. De terremotos, Chile sabe por enciclopedia y le da cátedras a todo el mundo. Aunque sepamos la teoría, siempre el asunto de dar exámenes es de temer. No es este caso una excepción, por muy natural que sea.

Un terremoto no sólo remeció la tierra y botó edificios y todas esas cosas. Lamento profundamente las pérdidas humanas y las familias que no están tan cómodas como todos nuestros lectores y colaboradores. Pero de cierta forma, me muestra una cosa que los medios jamás podremos abarcar con toda su magnitud. Es que Chile es demasiado grande y no quepa en ningún espectro de radio, página o periódico.

Cuando estaba en el colegio, mucha gente no entendía que cuando apelaba a luchar por él era entendiendo a la institución como la comunidad. El por qué nos reunimos bajo una insignia. Puede sonar marcial, pero lo que hoy varios pueden echar de menos del colegio es precisamente esa sensación de hermandad que tenías con quienes tenían tu misma insignia, corbata o zapatos. Compartir algo común. Lo mismo sucede con el país.

Chile, en su extensión. Somos pillos (saqueadores todos de alguna manera, por naturaleza humana), soñadores. Queremos todo al toque y nada nos conforma. Reclamones por excelencia, un tanto chaqueteros pero humildes. Siempre dignos ante cualquier cosa. Y esa dignidad era la que los chilenos que vivieron en mala la tragedia no transaron en ningún momento. Qué importaba que Amaro Gómez Pablos se penqueara a unos cuantos compadres que se pelaban plasmas (sus familias y la ley los juzgarán) si todos aquellos que no aparecieron en la tele se levantaban igual, a pesar de la pena de perderlo todo y ver la cagada misma en sus ojos y en sus vidas tras las 3:34 del 27 de febrero.

Por que así Chile se hace grande. Porque no importa que todo se haga trizas, hay que ser “contreras” con las adversidades que nos manda la naturaleza. Y así ha sido a lo largo de la historia. El Terremoto del Bicentenario no logró derrumbar esa garra que Chile tiene en su gente, que es más fuerte cualquier poder, deseo y Teletón que se transmita.

Porque en estas situaciones todo se va al carajo, porque sobrevivir en una catástrofe trasciende mas allá que el neoliberalismo y el socialismo.  Pico con los jetones, me importa una hueva que las empresas coloquen una etiqueta con su logo en sus aportes o salgan en la tele donando millones. Consideremos que así como van las cosas, resulta mejor que se rajen con de esta forma con la gente, ya que es lo única forma que  queda, dado la (lamentable) política imperante. Pero lo que se cuenta con el signo peso vale caca al lado de la entereza de la gente.

No es que todo lo que hagan los voluntarios, o los treinta mil palos del show que ni siquiera vi por pega, y todas las labores a favor de los damnificados  valga nada. Es que llena de orgullo y emoción  y es de un valor infinito ver cómo la gente se pone de pie con dignidad y se seca las lágrimas. Porque el mundo sigue girando, y la vida sigue con sus demandas del día a día. Son esas las cosas que tal vez, nuestros viejos no pudieron contarnos del terremoto del 85 porque sencillamente se hacen indescriptibles. Ni siquiera puedo darlo con claridad y lo sé.

Por todos ellos, los caídos y los que se levantaron, todos mis respetos. Porque ellos hoy representan lo grande que son. El Chile de verdad. Porque Chile no es sólo Bachelet, Piñera, Allende o los políticos hocicones. Lo son también todas estas grandes personas que ni sabemos sus nombres. Y es por ellos que hoy en mi casa tengo mi bandera flameando con orgullo.

About the Author

Estudiante de periodismo de la Universidad de Chile. Director fundador de El Aguja en 2004.