Plátanos occidentales es una de las palabras que oído harto por ahí. Son esas pelusitas que vuelan por todo el campus. Y mi nariz que es más sensible sufre. Sufre como ha sufrido todo el mundo alguna vez en la vida. Como sufren los profesores, los trabajadores, lo empresarios, los mapuches, los dueños de fundos. Como sufren las gallinas cuando ponen huevos. Esos huevos que después venden en el quiosco de ciencias norte que es bien monono como podría decirse.
La cuestión es que todos sufren. Con plátanos y sin ellos. Pero por alguna razón la gente esta contenta. Y si están contentos, ¿por qué sufren?
A todo esto, al final los cuchicheos políticos fueron y vinieron. Se juntó más gente de la que se podía esperar en el auditorio del hoyo. Y después salieron con mejores caras. Pero, por supuesto, sufriendo de la nariz.
Otra cosa que pasó después de eso, fue que las caras de las paredes terminaron por desaparecer por completo. Menos mal. Me atormentaba ver tantas fotos juntas. Mi vista terminaba por dispersarse de una manera loca. Estrafalaria. Y eso que veo en blanco y negro. Sí, es verdad. Los colores de los que hablo son los que escucho por ahí.
Ahora no se por qué presiento que van a volver a empapelar el edificio. Parece que hasta los comunicadorcillos de quinta saben que la cuestión es tan gris y lúgubre que hay que empapelarla para que funcione. Claro que lo hacen mal. No se les puede pedir tanto tampoco.
Por otro lado, no es mala idea. La verdad es que nunca lo había pensado así. Mira tú. Pintar el edificio con puras caritas. Si no son tan feos los cabritos estos. Algunos sí, declaradamente. Otros no tanto, para que estamos con cosas.
Si. Empapelar el edificio es la mejor opción. Total, ¿a quién podría molestarle? Como si causara un daño a la vista o algo así. Nunca tan estrafalario.
Al final puede que vayan a sufrir igual. Si de las pelusas orientales no se van a deshacer muy fácilmente. Son una plaga institucional en la costa este de la XVI Región de Macul con Grecia. Nada que hacer.
