Tal vez, el sábado 10 de octubre no era una fecha muy especial para nadie. Quizá sólo un sábado más en medio de un necesitado fin de semana largo. Uno que por pura casualidad de fechas coincidió con el partido Chile vs Colombia. La excusa perfecta. Y el panorama armado.
Hasta ahí todo es normalidad. El quiebre de la narración ocurre cuando los milagros pasan y Chile sale ganador. Increíble, pero cierto. Inesperado, pero verdad. Entonces qué más se puede hacer. En las mentes de Santiago sólo había un lugar posible para canalizar la sorpresa y energía. Damas y caballeros, a Plaza Italia el pasaje.
Bastaba con aproximarse a la altura de Universidad Católica para ya cachar cómo se venía la vaina.
La gente se acumulaba como hormiguitas marchando hacia el terrón de azúcar. Una procesión alegre, contundente, briosa. Casi digna de una situación mucho más profunda que el fútbol.
En la vereda y el bandejón los pacos, armados con ese traje de tortugas Ninja, rompían las botellas vacías. El ruido de los cristales concordaba a la perfección con el olor a cerveza que inundaba el ambiente. Claro, también concordaba con la gente tirada de mirada perdida.
Ya llegado a Vicuña, los cantos no estaban dispersos. El conjunto de tropas entonaba a viva voz mientras avanzaba sin transar por las libreas Alamedas.
Una sombra en particular se reflejaba sobre el cartel de Canon. Una estatua oscura construida de injertos. Cubierta de brazos. Gimiendo como un animalito salvaje. Pero eran sólo los barristas.
Avezados se encaramaban a cuanta estatua podían. Todos saltando, gritando, cantando. Todos felices, rabiosos. Eufóricos.
No recuerdo haber escuchado el himno nacional con tanto entusiasmo jamás. Mucho menos en medio de octubre, cuando los valores patrios, los sentimientos identitario, nacionales, nacionalistas… todos terminaron de digerirse casi por completo.
Justamente, germinando de la tierra, un par de huasos con traje y espuelas, salieron entremedio de un círculo de espectadores cantantes. No recuerdo cómo, pero juro que los vi.
Y hablando de huasos, uno que causó sensación, al menos en la esquina de la Alameda con Vicuña, fue el que se subió al semáforo. Desde las alturas, al principio la tenida parecía estar al tono de la luz verde, amarilla y roja.
El tipo subió con un balde. Uno lleno de papeles rojos cortados. Cuando el semáforo terminó por extinguir la luz los papeles volaron esparciéndose en el aire.
Y al final, en medio del sudor, la cerveza, la marihuana, el humo, las bengalas y papeles, unas tímidas gotas de lluvia sentenciaron las cabezas…
Es todo amigos, el cielo ha hablado.
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* Fotos
