EL AGUJA, edición Nº 4
16 de Marzo de 2009
Corrían las primeras horas de este año 2009 y había que comenzarlo como dios manda. Así, por azares de la vida salió un carrete donde un amigo y todos los colegas caímos como vil compañía de paracaidistas.
En la casa, nos dispusimos a traer los brebajes místicos que ocuparíamos para comenzar bien el año. Dos botellas de ron, una de champagne, alrededor de ocho botellas de cerveza y un par de cajitas de vino “Santa Helena” (o Helen si es bilingüe) para hacer, con estas últimas, las mezclas arcanas y crear así un tropicalmix de calidad.
Cuento corto, nos administramos los líquidos etílicos y mientras pasaba la noche, estábamos puro conversando. Allí es cuando comienzo a tener una serie de flashbacks raros. Tengo recuerdos difusos de mí mismo, mirando a mis amigos de pie y gritando: “vamos a buscar algún bailongo” y cosas de esa índole (actitud que es extraña en mí por lo demás
Después creo que salimos y comenzamos a buscar algún mambo. Tengo un pequeño recuerdo de mí mismo entrando a una casa. Mis amigas me contaron después que yo las agarré del brazo y decía: “vamos cabras, vamos a bailar”. De lo anterior, no fue cierto y si fue cierto realmente no me acuerdo.
Acto seguido (dentro de mi nebulosa de recuerdos turbios y cortos), recuerdo estar bailando en una casa que no era mía (y sin saber de quien era, por lo demás). Lo que me contaron, fue que bailé con casi todas mis colegas e incluso que me poncié hasta la muralla (aplique la última oración del párrafo anterior).
Tras tantos recuerdos súper loggos de luces y cumbias, se paró todo de golpe. De eso recuerdo que llegó la dueña de casa a echarnos la foca, ya que teníamos la media cagaita. La señora de las cuatro décadas (igual estaba bien conservadita para su edad), con voz autoritaria nos dijo que comenzáramos a desmantelar la juerga.
Mientras ella le repartía tulazos a la gente, yo (aplicando todo mi periodismo adquirido) comencé a hacerle preguntas de una relevancia impresionante para mi estatus de “allegado balsero”. “¿Es usted la dueña de casa?”, “¿Desde hace cuanto vive acá?”, “Que bueno que nos deje celebrar aquí”, “¿Cómo se llama?”.
Cuando llegué a esa pregunta final, un maldito balde de agua fría me cayó en toda la conciencia y me dije a mi mismo: “¡que mierda estás haciendo pelotudo jote!” huyendo raudo y veloz de la casa y su presencia.
Al llegar al patio, simplemente miré al cielo, me puse una mano en la cabeza y medité: “Coco, lo hiciste otra vez”.
