Me acuerdo de una rutina que el gran Coco Legrand realizó en el Festival de Viña 2006. Realmente, no existe país como nosotros que tenga tantas farmacias en una sola cuadra. No sabemos si es la ley del libre mercado, el smog provocador de dolores de cabeza o simplemente, el chileno es un hipocondríaco. Digamos que este no ha sido el año de las farmacias, pero cómo olvidar aquellos productos necesarios y… nostálgicos.
El asunto es que en este minuto echo de menos aquellos jarabes que saboreaba cuando era chica. Con razón las farmacias llenan las calles cuales hongos desesperados. Un paracetamol de Laboratorio Chile, que tenía gusto a cherry y podía tomar una botellita entera a escondidas de mi familia. O un Panadol niños, con sabor a tutti frutti, que comía cual caramelo.
Otro vicio popular de los chicos del ayer era devorar tiras y tiras de vitamina C. Es que el pecado más culpable de un cabro chico era comer medicamentos saborizados como si se tratase de golosinas. Una consigna de “lo que no te mata, te hace más fuerte”. No como los remedios asquerosos de nuestros abuelos, como el aceite de bacalao.
Sí, aquellos tiempos en donde la yerbería reinaba por sobre las pastillas del doctor “ponga su nombre aquí”. Algún tecito de ruda para el dolor de guata, valeriana para que la mamá pudiera dormir y otros infalibles como la borraja o la menta. Sólo un homólogo para los calmantes naturales en versión pastilla: Nerviol, para estar calmo en una loca ciudad.
¡Cómo olvidar el comercial de Anacin! Cuando el martillo se hacía trizas al intentar romper un huevo. El dolor de cabeza desaparecía en ese entonces. Aunque nadie pudo derribar el imperio de la Aspirina, aquel ácido acetilsalicílico que existe desde 1899 y cuyo reino ha durado más que las monarquías de bien antaño.
Para los que crecieron con acidez estomacal, podían optar entre un sal de fruta Eno o unas pastillas Phillips (cosa rara: una marca electrónica vendiendo remedios para después del patache / asado / carrete), con sabor a menta o fruta.
Por supuesto, los noventeros conocimos el máximo artilugio para intentar controlar los nervios: Armonyl. Se ofrecía como un efectivo tranquilizante natural. Pero más cómicos eran sus comerciales, cuando el mundo se descontrolaba y todo se detenía con una dosis de Armonyl.
Lo interesante de todos estos recuerdos es que sigo en cama, resfriada y deseando un buen jarabe con sabor a trago. Aunque el Instituto de Salud Pública (ISP) empiece a regular esos remedios placenteros porque puede provocar enfermedades hepáticas en los niños, admito que sigue siendo mi placer culpable.
Señores: he aquí la dicotomía entre proteger a nuestros futuros hijos de aquellas medicagolosinas. Sin embargo, hay que optar entre continuar a regañadientes con los saborizantes o volver a los tiempos del bacalao…
