EL AGUJA, edición Nº 5
23 de Marzo de 2009
Hoy comienza la última semana de marzo. Se nos viene abril, ya estamos en otoño. Y también ustedes ya dejan de ser mechones. Al menos en parte.
Me imagino que lo pasaron re bien estas dos semanas. Harto carrete, conocer nueva gente, el paseo a Cartagena Vice, el mechoneo mismo, todas las actividades en vuestro honor –ojalá hicieran tanto escándalo cuando uno se gradúa-.
Pero, y aunque no es un llamado a olvidar todo lo que pasaron (lo comido y lo bailado no se los quita nadie, cabros), quiero que entiendan que ya se acabó el hueveo. Al menos, en su mayoría. Porque no van a faltar los carretitos, las previas, las fiestas, las jodas de la FECh, y todo un largo etcétera. Pero, considerando la época del año a la que entramos, no creo que sean su principal preocupación.
Se habrán dado cuenta de los absurdos de nuestra toma de ramos. Gente que llega a las cinco de la mañana, a las cuatro y media, y debe esperar hasta aquella hora para poder tomar ramos… si es que la secretaria de estudios se apiada de tu situación. Otros, que llegaron relativamente temprano, tipo ocho de la mañana, a las seis de la tarde recién pudieron escoger sus cursos… más bien escarbar, pues a esa hora no quedan más que migajas…
Cuál es el punto en todo esto, qué es lo que lo provoca: las diferencias de horario y de calidad docente. Lo del horario es, hasta cierto punto, comprensible: muchos profesores tienen otras obligaciones laborales (consecuencia de que, en su mayoría, sí ejerzan aquello que enseñan), o también hacen clases en otras instituciones –los llamados “profesores taxi”, que nada tienen que ver con los “taxi boys”-. Pero lo de la calidad… Es cierto: en algunos cursos, ya lo descubrirán, las diferencias son abismales. Y para mal. Y ni siquiera puedes tener ese consuelo de que con un profe “más fácil” te va a ir mejor, porque no necesariamente es así.
Otro punto delicado es el de la evaluación docente. Ya son varios los casos históricos de profesores constantemente mal evaluados, que no son removidos de su cargo. Más aún, ni siquiera son advertidos: siguen campantes en su error, perjudicando a los alumnos más que a nadie. Y si bien el instrumento de evaluación fue mejorado durante 2008, habrá que ver si la segunda pata de esto se cumple: premiar a los buenos docentes, y sancionar a los que no lo son.
Eso en lo interno, porque, bien lo recordarán, la LGE está calientita en el Congreso, donde los honorables discuten las condiciones del nuevo fracaso de la educación. También se hablará de la pertinencia de la acreditación, la falta de recursos para la educación estatal (proyecto Bicentenario mediante, en nuestro caso), entre otras vainas.
Entonces, cabros, la cuestión es así: como cada año (como cada mayo), hay varios temas en carpeta para ser discutidos y defendidos. Y no se trata de que queramos o no movilizaciones, cosa de la que hablaremos de sobra. Se trata de que, llegado el minuto, tendrán que enfrentar esto con altura de miras. Por eso les digo que se acabó el hueveo: para hacer crecer la educación chilena, hay que trabajar con madurez.
