Mucho se ha hablado, en los libros de historia -la oficial y la nuestra-, en clases, o quizás en las familias, sobre lo que se llamó el “Apagón Cultural”, o ese período de la Dictadura donde la cultura se nos fue a buena parte, en gran medida por el toque de queda (poco rentable hacer teatro antes de las seis de la tarde) y también por asociarse, tradicionalmente, este tipo de espectáculos a gente más ligada a la izquierda.
Sin embargo, hay un apagón mucho más profundo y duradero, del que pocos hablan y que quiero rescatar en esta semana, con esas características tan particulares que tenemos.
Y es que el Golpe no sólo cortó con un montón de sueños y proyectos de buena parte de los chilenos -ya, está bien, también cortó el caos y posibilitó el desarrollo económico de Chile, que es mucho más fácil si es que se asesina a los contrarios-, sino que acabó de una con un rasgo que parecía hasta entonces característico de los chilenos: su conciencia de clase. Pero no hablo de clase como Marx, sino de sentirse una sociedad, con todo lo que ellos significa: solidaridad, dignidad, honestidad y laboriosidad, sólo por destacar algunas.
El Golpe, insisto, corta esto de raíz, perjudicando definitivamente a toda una nación. Es un poco difícil imaginar esos tiempos, creo, pero quizás ayude lo siguiente: hasta los más pobres tenían la preocupación de trabajar, de ganarse sus pesos, y de mostrarse bien ante todo el mundo. Lo del trajecito de domingo no era cuento: lo tenían, y lo cuidaban como hueso santo. Y aunque no supieran expresarse bien, al menos lo intentaban.
En cambio, ¿qué tenemos ahora? Ufff, mejor ni resumirlo, porque de verdad es mucho menos de lo que había antes. Mucho mucho menos. Es enorme la pérdida que se puede percibir entre los sesenta y los noventa. Y qué decir del Bicentenario…
En fin, este pequeño tema era el que quería rescatar durante esta semana. Un acápite devenido del “pronunciamiento militar” en el que pocos reparan, lamentablemente. Por suerte esta crítica llegó a mí desde alguien que vio y vivió esto, mi viejo. Y por suerte puedo retransmitirla, a ver si nos podemos sacudir un poquito más la modorra…
