Mientras degustaba mi chocolate caliente en la Shell de Bilbao con Tobalaba, me preguntaba qué ventajas sacaría de esta entrevista. Después de todo, mi respuesta dirigida a los Cota Mil sacó bastantes aplausos. Pero no sabía a qué atenerme en esta nueva aventura.
Fue cuando apareció un cabro alto, de lentes y vestido casualmente con polerón y jeans. Lo esperé y llegó. Me preguntó si yo era la periodista de El Aguja, porque había confundido a otra persona conmigo.
En el segundo piso de la Shell, se desarrolló una batalla pokemona de bajo calibre. Porque el Ignacio Zañartu que apareció en el The Clinic hablando sobre la vida cuica, nunca apareció. Sólo vi a un muchacho de palabras sencillas, argumento sólido y consciente de la realidad en la cual vivimos. Fue cómico comprobar que sus respuestas fueron tergiversadas.
Me habló de su familia. No es un Zañartu ligado directamente a los libros de historia. Proviene de una familia clase media. Su padre estudió Derecho en la Católica y su mamá es diseñadora de la Chile. Sin embargo, si no fuera por el éxito después de la universidad, no tendría la vida que tiene. Dijo tener mejor suerte porque paga los aranceles directamente. No como los que tienen (o tenemos, me incluyo) becas que nos atan a pagar después de egresados.
Si Zañartu defiende las mesas de diálogo, es por dos razones. La primera, no es un muchacho extremista, como nuestros compañeros de trinchera que arman mítines para pelear por lo justo. Eso es válido en política y en otros aspectos de la realidad. La segunda es porque existe un problema en las universidades de la Cota Mil y eso fue lo que llamé “ceguera”.
No hay debate. Así de simple. No hay forma de rebatir con un universitario de la Cota Mil porque todos opinan igual. No hay centros de estudiantes por lo mismo. Todos están de desacuerdo con el aborto; todos quieren a Piñera de presidente. Y hasta ahí llegó el supuesto debate. En conclusión: ojalá hubiese más opinión en aquellas aulas, aunque tendríamos que retirar a estos niños de su Happyland.
Y lo más chistoso de todo, como para producir envidia, es que no existe el “Olimpo”. Quiero decir, que si existe algún problema interno en las universidades Cota Mil, es cosa de llegar y hablar con el RECTOR. Ojo, que los rectores se pasean como si fuesen guardias. No es como en nuestras queridas universidades tradicionales, donde vemos a Víctor Pérez y su séquito una a las mil quinientas. Y cuando solicitamos mejoras en nuestra universidad, tenemos que tomarnos Casa Central para que el viejo nos pesque.
Después hablamos de Felipe Berríos. Si Nachito Zañartu se enfureció con este farandulero sacerdote, fue porque dividió el mundo universitario en estudiantes cuicos y estudiantes en (y con) problemas. Vaya que está acostumbrado a las divisiones el padrecito, porque sus dos San Ignacios están divididos en el Alonso flaite y el San Bosque bacán. En los “papás” y en los “hijos”. Una sorda rivalidad que no ha enfrentado porque está ocupado casando figuras de la alcurnia farandulera.
Y hablando de colegios, Zañartu aclaró que los Cota Mil se relacionan entre ellos en el colegio, pero se rompe la burbuja cuando entran a la universidad y descubren a otros cabros que no estuvieron en un Villa María o en un Verbo Divino. Sobre todo los que entran a la Chile o a la Cato.
Por último, la pregunta que nos planteamos fue: “¿Por qué un Cota Mil debe bajar a la Cota Cero?”. Pues bien, hay que conocer las realidades de otros barrios. El centro de Santiago tiene cosas interesantes, lugares bonitos. Aunque yo jamás recomendaría a alguien que viviera en una comuna llena de lanzas, comercio ambulante y con un alcalde que habla peor que Scatman.
Otra conclusión: los Cota Mil no bajan porque sean ignorantes de la realidad, sino porque deben pegarse flor de pique para ir al centro. Es más cómodo para ellos ir al comercio de arriba, les queda más cerca. Ese fue el gran argumento que Ignacio Zañartu me dio para justificar la falta de safari de los Cota Mil.
Me pregunto por qué Verónica Torres, insigne periodista de The Clinic y egresada de la Chile, omitió todos estos detalles. Nos construyó, yo cacho que porque el pasquín rogaba por un niño cuico, un personaje ignorante y que supuestamente tenía herencia. No le falta nada, claro, porque la carrera universitaria de su papá puede costearlo todo.
Qué loco. Esperaba destrozar con preguntas a un cuico ignorante. Pero me encontré con un muchacho de palabras simples, inquieto y consciente. Aunque los Cota Mil ya no son ciegos, sino flojos. Demonios, me banqué con un Zañartu que no existe y un Zañartu honesto. Dejo a nuestros agujones lectores la tarea de escoger con cuál se quedan.
